GIDE-MAURIAC-BERNANOS

ANÁLISIS COMPARATIVO DE LOS TEMAS CENTRALES DE LAS NOVELAS

DE

GIDE – MAURIAC-BERNANOS

JOSÉ CORREA DÍAZ

Valladolid, 28 de Mayo de 1968

GIDE – MAURIAC-BERNANOS

         Vamos a hacer un recorrido por la novela de la primera mitad  del siglo XX de la Literatura francesa. Para ello hemos escogido a tres de sus mejores representantes, cada uno en un nivel diferente, aunque los tres se complementan, dando una panorámica conjunta del hombre.

     Gide ha descrito al infra-hombre. Se ha quedado en el hombre puramente instintivo, sumergido en la ley natural. La temática de Mauriac es hondamente humana. Nos presenta al hombre que lucha contra el mal, y cuya existencia está marcada por el pecado. Ascendemos con él un peldaño y adornamos al hombre de racionalidad. Bernanos abandona toda lógica, para colocarse en un plano sobrehumano. Existe el mal en el mundo, hay pecado, pero “todos somos de Cristo y Cristo es de Dios”, como dice San Pablo. Es decir, que el mundo está dominado por la presencia de la gracia, ante la que no significa nada el mal y el pecado.

       Nos fundamentamos para este trabajo en textos originales entresacados de sus obras. Tal vez, con ello, el trabajo pierda en cohesión y unidad. Mas hemos preferido dejarles hablar a ellos, porque así tendremos una fuerza y autenticidad de la que careceríamos de cualquier otra manera.

 1.- EL HOMBRE INTUITIVO EN ANDRÉ GIDE

                                                                        “Je ne prétends à rien qu ‘ a                                                                             naturale, pour chaque action, le                                                                                plaisir que j´ y prends m´est signe                                                                    que je devai le fair”

André Gide

            Desde el contexto global del trabajo que nos ocupa, hemos tenido que delimitar los temas, quedándonos  quizás con uno de los más característicos: “El hombre instintivo”.

           La obra de este gran novelista francés ofrece numerosas perspectivas a todo el que quiera introducirse en ella para bucear en las aguas siempre revueltas de un análisis.

           Como ningún otro escritor, Gide podría decir: “Mi obra soy yo”. Obra y escritor están tan íntimamente unidos, que en muchas ocasiones los escritos tienen carácter autobiográfico. En todas ellas flota de manera neta la compleja y escurridiza personalidad del autor, oscilante entre contradictorias aspiraciones a la libertad total y al conformismo; sensual y puritana, al mismo tiempo; destinada a la duda, al arrepentimiento, a la inquietud…

         Si queremos penetrar profundamente en Gide, tendremos que bajar hasta sus primeros años, porque el ambiente familiar en el que fue educado jugará una baza muy importante en su vida y, por consiguiente, en su arte. Desde su más tierna edad, sus padres, con amor y cariño, comenzaron a construir su personalidad dentro de una moral rígida, intransigente… Este clima, carente de humanismo, idealista, desconectado de la realidad, no lo pudo soportar mucho tiempo, por lo que acabó rompiendo con toda ley y moral. Esto ocurrió en su primer viaje a  Argelia. Un estallido de vida que lo invadía todo, la luminosidad deslumbrante de aquellas tierras, el ambiente sensual de los árabes, le sacaron fuera de sí, en un éxtasis vital que le embargó para el resto de sus días.

1.1.- Libertad para existir

           En su primer viaje a África, Gide sufrió una profunda metamorfosis. Experimentó un ansia irresistible de existir en toda la plenitud de su ser. Para ello encuentra una barrera infranqueable en las estructuras y leyes que con tanta prodigalidad habían cargado contra él. Porque  “lo que se siente en sí de diferente, lo que se posee de raro, es precisamente lo que constituye el valor de cada uno, y es eso lo que se trata de suprimir” (1).

           Desde ahora procurará no parecerse más que a sí mismo, no pensar como “hay que pensar”, como “piensan todos”, aunque para ello tenga que ser tachado de rebelde o anarquista.

      La libertad es, para Gide, el único medio de alcanzar la plena realización. Esto le obliga a saltar por encima de toda ley divina  y humana, a no tener ninguna ligazón ideológica o religiosa. “Catolicismo o comunismo exigen una sumisión de espíritu. Los jóvenes se enrolan en ellos para buscar una razón de existir, para estar más seguros y tranquilos. Así van a contribuir a una forma de totalitarismo, peor que la nazis, a la derrota del espíritu”, escribirá en el Journal.

         A pesar de proclamar una libertad rabiosa, influyendo grandemente en la juventud, Gide no acaba de afirmarse plenamente. En su vida se ha instalado la duda; duda que sólo la muerte arrancará definitivamente: “A veces me parece que mi vida no ha comenzado todavía. Sacadme de esta situación y dadme razones para existir” (2). Cosa explicable, porque los “insumisos”, los que no obedecen más que a “la ciencia de la perfecta utilización de sí” no son la sal de la tierra, los que salvarán al mundo, como piensa él, sino los condenados a la inseguridad y a la duda perpetua.

        Gide es un pionero de la autenticidad, de la sinceridad… en la búsqueda de su “nouvel être”: “No preocuparse por parecer –escribe en el Journal,  en Noviembre de 1890-. Ser es lo único que importa. Y no desear, por vanidad, una manifestación demasiado precoz de la propia esencia. De donde, no tratar de ser por mera vanidad de parecer, sino porque es necesario”

            Lástima que la autenticidad y sinceridad que deben caracterizar a la personalidad las haya entendido como la libre expresión de todo sentimiento y deseo,  y como la insubordinación a todos los principios más elementales de la moral y de la ética. Porque el hombre no es para sí mismo su única ley. Por su misma naturaleza, le ha sido dada una ley en cuya obediencia alcanzará la verdadera personalidad y la auténtica libertad. Si asfixiamos la voz de ese núcleo sagrado que llevamos dentro, la conciencia, habrá que afirmar con Michel: “¡Honesto pueblo suizo! Portarse bien no vale para nada. Sin crímenes, sin historia, sin literatura, sin arte, es un robusto rosal sin espinas ni flores” (3)

          Entonces la personalidad y la libertad quedan truncadas en su misma racionalidad, para descender a un nivel animal, donde se transforma en esclavitud e irracionalidad. Este es el gran error de Gide: colocar la existencia humana fuera de toda norma, al margen de todo principio establecido, a nivel puramente vital, como vamos a ver a continuación.

1.2.- La vida en Gide

            Gide es un hombre apasionado por la vida. La ama en su pureza más primitiva, con todos su matices y sabores. No le interesa lo que ya tiene vivido, lo que ya ha ganado a la vida, sino lo que ésta encierra de nuevo y misterioso para él. Se pregunta si al hombre le queda todavía algo que hacer o si, por el contrario, tiene quemadas todas sus posibilidades.

     Su respuesta es afirmativa: “Yo debía hacer un descubrimiento palpitante de la vida” (4). Y lo conseguirá, porque este deseo penetró en las fibras más íntimas de su ser: “De repente me invadió un deseo, un ansia, algo más arrebatador, más inquietante que todo lo que hasta ahora había sentido: ¡Vivir!, yo quiero vivir. Yo quiero vivir. Apreté los dientes, cerré los puños, me concentré todo entero, obstinadamente, desoladamente, en este esfuerzo hacia la existencia” (5).

           Pero, ¿qué es el vivir? Aquí encontramos que despoja al hombre de su constitutivo más esencial: la racionalidad. Gide concibe la vida en su estrato primigenio.  Si hace uso de la razón es para dar, si cabe, más ventajas a la animalidad, para explotar al máximo los instintos. El prototipo nos lo describe en “Les Nourritures”: Nathanaël es el hombre que jamás se liga a nada, que deja familias, hogares cerrados, religión, para estar siempre abierto a nuevas sensaciones.

           En L´inmoraliste,  Michel dirá a Marceline: “No necesito rezar. Eso crea obligaciones” (6). Considera las obligaciones como ataduras, como frenos que impiden satisfacer las peticiones de cada momento por los instintos, al igual que la simpatía. Ésta nos hace también perder autonomía y libertad. Nos arrastra a compartir un estado de ánimo con los otros, dependiendo, en cierto modo, de los que nos atraen mediante su contagio emocional.

      Pero por este camino solo puede llegar al más atroz egocentrismo, a la negación de los valores sociales que se instalan en la esfera de lo humano.

            El hombre, para él, ha de guiarse por el instinto natural, teniendo por regla el placer experimentado en la acción. Esa satisfacción es el signo de que la debía hacer: “Había llegado a no buscar de los demás más que las manifestaciones más salvajes y dolorosas como una coacción, cualquier clase de represión. Por poco no había visto en la honestidad más que restricciones, convenciones o temor” (7).

            Roto todo lazo que pueda coartar las apetencias instintivas, no queda otra solución que la de gustar el mal en su más sucia bajeza: “La sociedad de las peores gentes me era deleitable. ¿Y qué necesidad tenía yo de comprender sus leguajes, cuando toda mi carne se sentía complacida? La brutalidad de la pasión tomaba allí para mí un aspecto saludable, vigoroso” (8). “Este aferramiento al mal, esa dulzura por lo peor – confesará Michel-  es lo que constituye mi valor”.

         Pero no basta con romper con toda norma ética y moral, porque la misma libertad que proclama se puede perder fácilmente, haciéndose esclavo de la sensación, del placer. Es necesario cultivar “el placer por el placer”, “el hambre por el hambre”, deshaciéndose del pasado para vivir el presente en su plenitud. Porque la vida es presente,  y, si nos ligamos al pasado, acabamos por ahogarla. El hombre se extasiará en el placer como la abeja en el néctar de la flor; pero pronto lo abandonará para ir a posarse en nuevos pétalos. “Vistas desde atrás, las alegrías pasadas son pesares, remordimientos, dolor. No me gusta mirar atrás, y abandono el pasado al pasado, como el pájaro deja su sombra para volar. ¡Ah!, Michel, toda alegría nos apremia constantemente, pero quiere encontrar el lugar vacío, estar ella sola, y que se llegue a ella como un viudo. ¡Ah!, Michel, toda alegría es parecida al maná del desierto, que se corrompe de un día para otro; es semejante al agua de la fuente de Amelés, que, cuenta Platón, no se podía guardar en un vaso. Cada día nos quita lo que nos había traído” (9) –dirá Ménalque.

       Es decir, hay que estar disponible, siempre abierto a la “sensación nueva”, porque todas las cosas son “divinamente naturales”, y del perfecto olvido de ayer es como se crea la novedad de cada hora. Jamás ha de bastar “haber sido”, porque “no ser más” se confunde con “no haber sido jamás”.

       Este  “ser más” no tiene otro sentido que el de vivir plenamente consagrado a vivenciar el presente en toda su riqueza y placer.

2.- EL HOMBRE: “NUDO DE VÍBORAS”

                                                                     “No tenemos derecho a hacer                                                                                      reproche a nuestros padres. Pero  todos hemos quedado marcados…”

                                                                                  François Mauriac  

      Si, al hablar de Gide, dijimos que había que vincular la obra a su persona, no es menos cierto que para estudiar a Mauriac hay que ver la estrecha unión que existe entre su carácter y su arte.

          En una entrevista que le hicieron el mes de marzo ante las cámaras de la Televisión francesa, Mauriac confesó que su pecado era la indiferencia. Indiferencia que queda bien patente en sus escritos. Por ellos van desfilando personajes que se debaten en una lucha con las pasiones, de las cuales, la mayoría de las veces, son víctimas.

            La negrura de su realismo, su actitud pesimista de la vida, el enfoque que nos presenta de las personas, nos recuerdan frecuentemente a Gide. Esta actitud despiadada y cruda que crea en sus personajes, y a cuya conducta parece asentir, nos hace correr el riesgo  de tomar partido anticipadamente, y sin bastante discernimiento, a su favor o en contra de él.

          Mauriac representa el término medio entre Gide y Bernanos, aunque más cerca del primero que del segundo. Es católico, pero su indiferencia le inclina a no hacer un tratado de moral o apologética en sus novelas. Crea sus personajes –porque eso sí, es un gran novelista- y los sigue tal como son o tal como deben ser, y no como él quisiera que fuesen.

          No podemos tacharle tampoco de infra-realista. Hay verdad en esta obra y en este espíritu atormentado. El mundo que nos describe, en contraposición a Bernanos, es un mundo en el que se halla ausente la Gracia, abierto, a veces, a un rayo lejano y pálido de esperanza.

         La temática que vamos a tratar aquí la hemos sacado de dos de sus novelas: La farisea y Nudo de víboras. Comenzaremos haciendo un análisis  de las tres principales pasiones que tienen sus raíces en el hombre: el apego al dinero, el odio la sexualidad, causa y origen de todas las demás. De aquí pasaremos a ver su visión pesimista del mundo, para entrar inmediatamente a examinar el rayo tímido de esperanza que se vislumbra en el horizonte.

2.1.- La riqueza

          A primera vista puede parecernos natural el amor al dinero. Y lo es, sin duda. Un medio de vida holgado es el campo necesario para que el hombre pueda desplegar dignamente todas sus posibilidades. Pero en Mauriac la riqueza  desempeña una función muy distinta. Constituye uno de los pecados capitales del hombre; o, mejor, una de sus tres pasiones dominantes. Atendiendo  a esta medida hace una división de los hombres: “La de los que poseen y la de los que nada tienen” (10).

           Es curioso ver cómo en sus novelas se afanan los hombres en trabajos y desvelos, en odios y rencores, para asegurarse una herencia o ganarse unos millones más. Esto es precisamente el punto de entronque con Gide. El hombre busca su libertad, su independencia y su afirmación, dando libre cauce a sus más desordenados apetitos. Luis nos dice, en Nudo de víboras, que se vale tanto cuanto se tiene y no tanto como se es: “¡Qué horror! Un anciano no existe más que por lo que posee. En cuanto deja de tener la menor cosa, se le deja de lado. No nos queda más remedio que elegir entre la casa de retiro, el asilo o la fortuna. ¡Cuántas veces entre las familias burguesas, y con un poco más formas y maneras, he sorprendido el equivalente de esas historias de campesinos que dejan de morir de hambre a sus padres después de haberlos despojado! Sí, tengo miedo de empobrecerme. Me parece que jamás podré acumular el oro suficiente. Os atrae, pero me protege” (11).

          Pero, pasar la vida en continua tensión, resistir a candidaturas y altos cargos por no “resistir a la idea de ganar mucho” (12), no da, sin embargo, la seguridad que se persigue. El hombre tiene otras necesidades mucho más profundas que la abundancia material, y a las que ésta misma sirve. Es corriente encontrar en la obra de Mauriac seres carentes de amor y vida social, encerrados en su dorada torre de marfil. Mas aquí no se sienten protegidos, aunque lo parezca: “Cuanto más tiempo sea yo de mi fortuna, menos podréis contra mí” (13). Experimenta las miradas de todos como asechanzas, como ataques despiadados, y se levanta en ellos un volcán efervescente de odio y de rencor. “Los envidiaba y los odiaba, y su desdén –tal vez imaginario- exaltaba aún más mi rencor” (14). “Yo sabré encontrar el remedio para que no posean ni siquiera estas propiedades” (15).

         El ansia de dominio natural encierra otro contenido muy distinto al que a primera vista aparece: El afán de poder sobre las personas, el deseo de tenerlas a todas en una esclavitud subyugante. Aquí es donde encontramos la raíz de la infelicidad.

          El hombre no se encuentra a sí mismo, no se sirve de los demás, sino en el don de sí, en el servicio a los otros. Prueba de esa infelicidad la encontramos en Louis: “Mi afán de poseer, de osar y abusar se extiende  a los seres humanos. Hubiera necesitado esclavos” (16).

           Y nos encontramos, sin necesidad de tirar ningún puente, metidos en el odio y la venganza.

2.2.- El odio

         De la abundancia de riquezas, del confort, no se sigue una vida serena, sino todo lo contrario. La raza humana –“sobre la que ya pesan bastantes maldiciones” (17)- se siente corroída por una nueva pasión, que es el odio. La posible pérdida de los valores adquiridos conduce a “prevención, desconfianza, horror al riesgo y al cuidado de no dejar nada al azar” (18). Los otros no andan en torno nuestro más que con una mirada calculadora, buscando la ocasión propicia para darnos el zarpazo. Esto obliga a ir cerrando todos los posibles resquicios, todos los flancos débiles, creándose así una coraza de dureza y desprecio. Lo malo es que Mauriac apruebe y generalice esta horrenda actitud por medio de uno de de sus protagonistas: “Sí; soy cruel. Pero no más que otros, como los demás, como los niños, como las mujeres, como todos aquellos que no tienen la mansedumbre del Cordero” (19).

       El odio, como el amor, cada vez es más fuerte. Para conservarlo y alimentarlo, el hombre llega a realizar toda clase de sacrificios. Podríamos invertir aquella frase bíblica, diciendo que “el odio es más fuerte que la muerte”, porque incluso con la muerte “puede todavía hacer de las suyas” (20).

         No podemos negar que en el mundo haya envidias y rencores; pero tampoco hay que formarse una idea tan negra de la vida. Es cierto que gran cantidad de matrimonios se separan, “se disgustan en torno a la misma mesa, al mismo lavabo, bajo las mismas sábanas” (21); pero en el mundo hay también amor, mucho amor; hay seres que se sacrifican y sufren para que los demás sean felices. Y no sólo personas que se mueren de rabia porque los demás no sufren. De esto no ha llegado él a convencerse plenamente, como dejó ver en la entrevista que recientemente le hicieron.

2.3.- Sexualidad

       Recalcando  el pensamiento  de que “sobre los hombres gravitan ya bastantes calamidades”, hay que decir que es la sexualidad la causa o el compendio de todas ellas. El hombre está marcado en su misma carne por el mal común de toda la humanidad: “Creo que toda la desgracia de los hombres es no poder permanecer castos, y que una humanidad casta ignoraría la mayor parte de los males que nos amenazan, incluso aquellos que parecen no tener  relación directa con las pasiones de la carne. Un pequeñísimo número de personas me ha dado la idea de que la felicidad de este  mundo, por la bondad y el amor, estaría en aquellos en quienes el corazón y la carne estuvieran soberanamente dominados” (22).

          Gide considera la carne como un bien; gusta experimentar, saborear y deleitarse en sus placeres, para llenar la capacidad hambrienta de vivencias que llevamos en nosotros.

          Los escritos de Mauriac están también saturados de seres dominados por los impulsos carnales. En ambos constatamos el mismo hecho, pero ambos lo ofrecen desde un ángulo diferente. Mientras Gide considera la sexualidad como la fuente principal para apagar y satisfacer nuestros deseos, Mauriac la estima como un mal que arrastramos, del que es difícil, si no imposible, desligarse, y que no tiene valor alguno: “siempre es fácil poseer el recurso carnal, que no significa nada, para hacer creer al otro que se requiere” (23).

        Gide cree que es necesario no poner barreras a los instintos para crearse una fuerte personalidad. Mauriac escribe: “He aquí lo que hace la pasión de los seres humanos, he aquí de qué modo los humilla” (24).

           La paciencia del vicio es infinita. Gran cantidad de hombres aguarda satisfacer su apetito devorador, No les importa el tiempo. “Les basta una sola víctima y que un solo encuentro les asegure años de apacible saciedad” (25).

2.4.- Pesimismo

       Estudiada su visión del hombre, no puede extrañarnos el marcado pesimismo que le caracteriza.  Una humanidad sobre la que gravita el más terrible de los males, el aguijón de la carne; una humanidad tapizada con el más atroz de los odios y por el afán de dominio y de poder, ¿qué aliciente puede ofrecer al optimismo?

        Había que repetir a Mauriac lo que Isa decía a Louis en Nudo de víboras: “Tú no ves más que el mal…, que ves el mal por todas partes , ¿qué otra perspectiva de la vida puedes ofrecernos que la de su lado negro?» (26).

            Ante las cámaras de televisión, al referir la nueva relación existente, desde el Vaticano II, entre sexo y pecado, evoca su primera juventud: “lo jovencitos vivían entonces  con su sexo como aquel pequeño espartano que ocultaba una zona bajo su capa. No tenemos derecho a echar reproches a nuestros padres, pero todos hemos quedado marcados…”

           Los conceptos fundamentales de Mauriac no han cambiado, siguen en pie, como él mismo acaba de confesar. El hombre se experimenta herido, caído; por eso tiene pánico a la verdad, a mostrarse a plena luz y sin paliativos: “Renán dice que la verdad es quizás triste, y se refiere a ella en el plano metafísico.  En el plano humano no sólo es triste, sino ridícula y vergonzosa, hasta el punto de que el pudor nos impide expresarla. (27). Jamás debemos volver la vista hacia la ciudad secreta, hacia la ciudad maldita de los otros. Aceptamos  las cosas tal como son: conformémonos con su estado hundido y depravado.

          Mauriac hace también una despiadada crítica a la burguesía cristiana. No tolera  la mediocridad del fariseímo de los creyentes, y resalta este antitestimonio, escándalo aún para los  no creyentes. Acusa  a todos los que han olvidado que caridad es sinónimo de amor, y pretenden ganase el cielo mediante cuatro limosnas y una práctica rutinaria de piedad, mientras esclavizan a los que tienen bajo su dependencia. Cuántos rechazan “al pecador y le apartan de una verdad que, a través de ellos, no iluminan nada” (28).

        Cabe hacernos ahora esta pregunta: ¿No tenemos que culpar de maldad a un Mauriac que tan duramente ha tratado a la burguesía, a un Mauriac que tan despiadadamente ha descrito al hombre?

        A primera vista puede parecer que sí. Mas hay que decir que no. En él se observan atisbos de esperanza. Apunta en ocasiones hacia una luz esclarecedora, a pesar de creer que “la Humanidad tiene una herida original en el costado” (29). Él nos lo confesaba hace dos meses: “En el fondo creo que no soy malo. La maldad en el escritor requiere un cierto estilo, un cierto tono”.

2.5.- La esperanza en Mauriac

        Ya  dijimos que a Mauriac  no se le ha dado por hacer tratados de moral ni apologética en sus novelas. No pretende hacer entrar a sus personajes en un sistema religioso o, si ya lo están, no pretende convertirlos mediante un cursillo o unos ejercicios espirituales. Los crea y los sigue tal como son o tal como le parece que deben ser.

        A pesar de todo, experimenta con ellos cierta ternura de alma.

       Ante esto, hay que preguntarse qué clase de cristianismo es el suyo. Si es cristiano, ¿cómo no deja ver en su obra la esperanza, única puerta luminosa  para esa situación de trágica derrota que nos pinta?

        Podemos afirmar que sí abre  un camino a la esperanza.  Concedamos que esa luz sea lejana, que esté diluida.  Pero no queramos exigir a Mauriac la luminosidad y clarividencia de un Bernanos, donde toda la realidad está constituida, absorbida y dominada por la Gracia. El cristianismo de Mauriac resulta austero, porque su religión es de expiación y penitencia, y todos somos de “esos a quienes Cristo ha venido a buscar y a salvar” (30). Porque Cristo no ha venido por los justos, sino por los pecadores.

      Pretende ofrecernos un mundo del que se halla ausente la Gracia. Parece que nos coloca en un Adviento lejano, en el que no ha muerto, sin embargo, la semilla de la esperanza.

            Nos encontramos en una situación en la que “no hay que merecer; lo importante es amar” (31). Nuestro esfuerzo no vale nada, “porque nada podemos por nosotros mismos, y sólo podemos ir ante la Gracia como el perro precede al cazador invisible, con más o menos eficacia, según prestemos mayor o menor atención a la voluntad del Maestro y seamos indiferentes ante la nuestra” (32).

        Hay textos suficientes, aunque no en demasía, que anuncian una aurora en el horizonte. Uno de ellos lo encontramos en La farisea: “Dios es la tentación en la cual muchos hombres sucumben  por último” (33).

            Y dejamos el reino del pecado, de la pasión y de la oscuridad para dar entrada a Bernanos, a la claridad meridiana, el poder de la Gracia y la alegría de la esperanza.

3.- EL MUNDO DE LA GRACIA EN BERNANOS

«Todo es graci

  Georges Bernanos

Damos un  paso más en el estudio del hombre. El hombre animalizado o simplemente racional quedan atrás. Nos vemos ahora en un plano completamente distinto. En Bernanos encontramos también la tragedia de una lucha con el mal; lucha que tiene al hombre por campo de batalla. Mas no lucha el hombre contra sí mismo, contra sus instintos… Es una lucha sobrehumana la que se verifica en él. El poder de las tinieblas quiere apagar la luz resplandeciente de la Gracia. El combate se realiza entre Dios y Satán.

          El mal está presente en el mundo. Sin embargo, hay otra presencia mucho más real, que lo penetra todo, que todo lo eleva, sembrando la alegría y la esperanza en el desconcierto del combate.

3.1.- Mal y pecado

         No es éste el tema más importante de Bernanos. El pecado está ya vencido y se ha restaurado el reino de la Gracia.

           A pesar de todo, le tocó vivir una época en que se volvía, más que al paganismo, a la animalidad. Se le califica de “vidente”, porque descubrió, bajo apariencias fastuosas, miserias, caídas, hipocresía, aniquilamientos… “El pecado rara vez entra en nosotros a la fuerza; siempre, por astucia. Se insinúa como el aire. No tiene forma, ni color, ni sabor propios, pero se esconde bajo cualquier forma, color o sabor. Nos gusta por dentro. ¡Por unos cuantos miserables que devora vivos, cuyos gritos nos horrorizan, cuántos están fríos, y no sólo están muertos, sino sepulcros vacíos! (34).

          No vaciló en echar en cara al mundo que era un amasijo anárquico de apetitos, de intereses y pasiones contradictorias; que estaba saturado de vidas chatas, deformes, “a nivel de los comedores en que los animales comen el grano” (35); de hombres cobardes, avaros, lujuriosos y mentirosos. Y, en su papel de “visionario”, imaginó dramas en los que no eran los hombres los que se enfrentaban, sino el Cielo y la Tierra. Entre Satán y Él nos lanza Dios con su última defensa. Desde hace siglos, a través de nosotros, el odio de Satán trata de alcanzarlo; el inefable crimen es consumado en la pobre carne humana.

       Por ello estima que en muchos casos no puede verse pecado formal; sólo son víctimas que apenas “han ofendido a Dios un poco más que las bestias” (36).

         Fruto de esta amalgama de instintos y  pasiones desenfrenadas fueron las dos Guerras en las que más que nada se veía la matanza, la traición,  la mentira…  Ésta fue una de las maldiciones más terribles que han pesado sobre la humanidad. Porque, “¿qué puede temerse en el mundo, si no es la soledad y el hastío? ¿Qué puede temarse más que esta casa sin alegría?” (37).

      El vicio produce náuseas, desarrolla en el corazón una raíz lenta y profunda, “pero su hermosa flor, llena de veneno, florece un solo día” (38).

3.2.- Non serviam

    Abandonando el terreno humano, entran en juego fuerzas sobrehumanas.

         Cuando la Psicología analítica reduce al mínimo la labor del demonio, dando una explicación científica a lo que se llamaban tentaciones, Bernanos proclama la presencia en el mundo del Señor del Mal.  Intenta hacer ver a todos los que lo negaban o rehuían admitirlo, que Él existe. Pues “el creyente del mundo de la carne es Satán para sí mismo” (39). Lo presenta en las formas clásicas por todos conocidas: Patán, hombre, perro… La figura es lo de menos. Lo principal es la afirmación de que Él existe; se encuentra en todas partes: “Está en la oración del solitario, en su ayuno y en su penitencia, en el fondo de su más profundo éxtasis, en el silencio del corazón… Envenena el agua lustral, quema la cera consagrada, respira el aliento de las vírgenes, rasga con el cilicio y la disciplina, corrompe todo camino. Se le ha visto mentir con los labios entreabiertos para decir palabras de verdad, perseguir al justo, entre el trueno y el relámpago del transportamiento beatífico, hasta en los brazos del mismo Dios…” (40).

            En vivir con los hijos de Dios encuentra el Maligno sus delicias. Ese es el mejor medio de expresar su odio al Creador, de verificar el apostolado de perdición, de hacer fructífera la frase de “non serviam”… De ahí que su mayor odio sea para los santos.

       No es necesario que se invoque a Satán. Él llega siempre a su hora y por camino indirecto. El astro lívido, aunque sea implorado, surge rara vez del abismo. Le ha sido dado probarnos desde que nacemos hasta la muerte, y cumple fielmente su misión. Él no se separa de nosotros; es el custodio amante de nuestra condenación. “No me culpes a mí, hombre justo, no me amenaces con tu piedad” (41) –dirá la P. Donissan-.

         En la lucha contra el mal, el hombre experimenta sobre sí el peso de su impotencia. Dios parece que se ha alejado de su esfera, que tiene otras preocupaciones más importantes que las del drama humano. Así encontramos a Donissan, que se considera sacerdote “sin experiencia, sin luces, sin verdadera dignidad. Por mucho esfuerzo que haga, ¿cómo voy a conseguir suplir lo que me falta?” (42).

        El silencio y el abandono de Dios llega a conducir al hombre al borde de la desesperanza. Pero no. Aunque el triunfo del Maligno parece evidente, la victoria definitiva será para el Señor de todo bien. La Gracia triunfará sobre el Pecado.

3.3.-  La gracia

        Bernanos ha visto el mal en su más horrenda expresión, el pecado, y sea levantado contra él. Ha descrito al hombre cargando solo con la tragedia del existir. Esto no le ha inducido, como a Mauriac, al pesimismo, sino todo lo contrario. Su optimismo no ha sufrido la más mínima lesión. Más bien se ha fortalecido, porque la presencia del mal en el mundo es la garantía de la abundancia del bien; la presencia de Satán, el signo de que Dios activa su amor a los hombres.

       En sus novelas queda patente que el hombre por el hombre no vale nada. Sus protagonistas son seres rudos, groseros, seres carentes de las virtudes humanas más elementales, a los que aploma el conocimiento de la voluntad de Dios, al experimentarse incapaces de realizar cualquier acción buena. Sacerdotes a los que todos compadecen, y hasta desprecian, porque parecen no dar la medida exigida  para la dignidad sacerdotal. Pero en ellos está la fuerza del Espíritu que todo lo penetra y transforma. Desde la penumbra de su humildad son la luz que orienta a los hombres en el piélago de la vida: “El sacerdote está llamado a dar a los demás la paz que él no conocerá nunca. Ha sido enviado sólo a los pecadores” (43).

         Bernanos sabe que la verdadera vida se agita en el interior y que “sólo es confusión y desorden para el que la contempla desde fuera” (44).

      El trabajo que Dios hace en nosotros raramente  es el que nosotros esperamos. Casi siempre el Espíritu Santo parece actuar a contrapelo, perder el tiempo. Es así como Dios nos trata. Des suerte que aun los caminos de los santos son de una monotonía horrible. Lo importante es  que “Dios nos asiste hasta en nuestras locuras. Y, cuando el hombre se levanta para maldecirle, es Él quien le sostiene la débil mano” (45).

         Bernanos, como se puede apreciar, posee la “mística del dolor”. Para él, todo se reduce al Misterio Pascual: Muerte y Resurrección. El cristiano, lo mismo que Cristo, ha de llegar al Domingo de Gloria pasando antes por el Viernes de Dolores. El mundo está salvado, reconquistado para Dios por el Espíritu de Cristo.

          El hombre está también empeñado en la vuelta del mundo a su primer orden, a la santidad original con  que le fue entregado. Para ello “nos queda el sufrimiento que es nuestra parte común contigo, heredada de nuestros padres, signo de nuestra elección, más activa que el fuego casto, incorruptible” (46). Y en otro lado escribe: “¡El enemigo que tantas cosas sabe, no sabrá ésta: el más débil de los hombres lleva en sí su secreto, el del sufrimiento eficaz, purificador…! ¡Porque tu dolor, Satán, es estéril…!” (47).

       Existe otra fuerza que puede surgir de la realidad del hombre. Bernanos estima que la mecánica social nada es sin la caridad, sin el amor. Y, por encima de todo, nos dice que nada existe donde Dios no está. En una palabra, citamos la última frase del Diario de un cura rural: “TODO ES GRACIA”.

3.4.- La alegría

          La sobreabundancia de la Gracia estalla en un gozo incontenible, en una alegría arrebatadora. No esa alegría que alimenta una esperanza secreta, un atractivo sensual…, sino aquella otra que nace sin ningún motivo y “penetra hasta la separación del alma y el espíritu” (48). “Luz cuya fuente permanece invisible, donde todo pensamiento se abisma como un solo grito que, a través del inmenso horizonte, no llega a romper el primer círculo del silencio” (49).

        Hay un sentimiento casi físico de lo sobrenatural: “Donissan conoció que esa alegría inaprensible era una presencia” (50); una alegría profunda, incesante, igual y, por decirlo así, inexorable; “algo así como una vida dentro de la vida, como  la dilatación de una vida nueva” (51); una alegría en cuya entraña misma algo existe que el éxtasis no absorbe.

      La alegría es ya patrimonio de todos los hombres, porque ha sido reconquistada a duro precio. Vivimos en el “Dios de la Gracia”, cuya expresión más significativa es la “Alegría”.

NOTAS

  •  GIDE, A.,  L’ immoraliste. Ed. Mercure de France, París, 1902.

                      Pág. 115.

  •  GIDE, A., op. cit., pág. 179
  •  GIDE, A., op. cit., pág. 157
  •  GIDE, A., op. cit., pág. 31
  •  GIDE, A., op. cit., pág. 35-36
  •  GIDE, A., op. cit., pág. 39
  •  GIDE, A., op. cit., pág. 156
  •  GIDE, A., op. cit., pág. 165
  •  GIDE, A., op. cit., pág. 122-123
  • MAURIAC, F., Nudo de víboras. Ed. G.P.,  Barcelona 1963.

            Pág. 19.

  • MAURIAC, F., op. cit., pág. 30
  • MAURIAC, F., op. cit., pág. 50
  • MAURIAC, F., op. cit., pág. 22
  • MAURIAC, F., op. cit., pág. 18
  • MAURIAC, F., op. cit., pág. 112
  • MAURIAC, F., op. cit., pág. 55
  • MAURIAC, F., La Farisea. Plaza y Janés, Barcelona, 1962.          Pág.  39
  • MAURIAC, F., Nudo de víboras, pág. 115
  • MAURIAC, F., Nudo de víboras, pág. 126
  • MAURIAC, F., Nudo de víboras, pág. 45
  • MAURIAC, F., Nudo de víboras, pág. 8
  • MAURIAC, F., Nudo de víboras, pág. 122
  • MAURIAC, F., Nudo de víboras, pág. 42
  • MAURIAC, F., La Farisea, pág. 151
  • MAURIAC, F., La Farisea, pág. 156
  • MAURIAC, F., Nudo de víboras, pág. 123
  • MAURIAC, F., La Farisea, pág. 115
  • MAURIAC, F., Nudo de víboras, pág. 7
  • MAURIAC, F., Nudo de víboras, pág. 83
  • MAURIAC, F., La Farisea, pág. 108
  • MAURIAC, F., La Farisea, pág.  Fin de la obra.
  • MAURIAC, F., La Farisea, pág. 117
  • MAURIAC, F., La Farisea, pág. 193
  • BERNANOS, G., Bajo el sol de satán. Ed. Vergara, Barcelona,    1967. Pág. 167.
  • BERNANOS, G., op. cit., pág. 167
  • BERNANOS, G., op. cit., pág. 166
  • BERNANOS, G., op. cit., pág. 25
  • BERNANOS, G., op .cit., pág. 42
  • BERNANOS, G., op. cit., pág. 115
  • BERNANOS, G., op. cit., pág. 115
  • BERNANOS, G., op .cit., pág. 141
  • BERNANOS, G., op .cit., pág. 87
  • BERNANOS, G., op. cit., pág. 152
  • BERNANOS, G., op. cit., pág. 161
  • BERNANOS, G., op.  cit., pág. 163
  • BERNANOS, G., op. cit., pág. 284
  • BERNANOS, G., op. cit., pág. 284
  • BERNANOS, G., op. cit., pág. 107
  • BERNANOS, G., op. cit., pág. 102
  • BERNANOS, G., op. cit., pág. 106
  • BERNANOS, G., op. cit., pág. 102

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