Poli bueno, poli malo

Con frecuencia saltan a las páginas de este diario las quejas de los ciudadanos granadinos por la ocupación peligrosa que hacen muchos ciclistas de las aceras. Sin límite de velocidad, sortean a los peatones y ponen en peligro sus vidas. Bicicletas aparcadas en medio de las aceras o tiradas al Genil, que claman: “¡Hola Obiker! ¡Llévame contigo!” Sugerente y tentador spot publicitario.  Encontramos casos en los que, cuando el paciente y sorprendido peatón llama la atención al infractor, éste se solivianta y responde  con agresividad.

Hace unos días tuve que visitar a un familiar ingresado en el PTS. Viajaba a un distrito desconocido para mí. ¿Coche, metro, autobús? ¿En qué medio me desplazaba? Elegí el metropolitano, para comprobar las excelencias que le atribuyen y cronometrar el tiempo en  llegar al estadio del Nuevo los Cármenes y al Hospital.  Tiempo satisfactorio: 10/15 minutos. Constaté lo que recientemente me decía un amigo, prestigioso cirujano y profesor de la Facultad: que los niños ocupan los escasos asientos del convoy, móvil en mano, ajenos a los años y achaques con que cargan los mayores y a las normas de convivencia que muchos aprendimos.

Al salir del hospital, la temprana noche otoñal había secuestrado  la última claridad de la tarde. Caminé en todas las direcciones, bajo la lánguida luz de las farolas,  y creí que las tinieblas habían  envuelto también la parada del metro. Por fin vi una M sobre una marquesina que acogía a un numeroso grupo de personas. Muchos, estudiantes que habían concluido sus clases. Pronto apareció el “verdiblanco”, lento y parsimonioso. A mi lado, un chico, de primeros cursos de carrera, de rostro noble, barba humilde y descuidada, hablaba con una compañera: “la mujer me paró en la acera de Méndez Núñez, y me dijo que conducir la bici por la acera eran 200 €; llevar los auriculares puestos, 200 €; ir sin casco en la cabeza, 200 €; llevar una mano vendada, 200 €. Total,   800 €.  Se fue a buscar el bloc de multas y el boli, y el compañero le dijo que si me había cogido con droga. Se lo pensó y me mandó seguir”. El joven comentaba que aquella mujer se habría levantado caliente, porque por la mañana están en todas las rotondas próximas y no multan a ningún  ciclista, y que él no se jugaba la vida, camino de la Facultad, circulando entre coches por la calzada.

Me impresionó la serenidad, la templanza y la educación del joven, que no pronunció ni un exabrupto, ni un taco, ni un insulto contra la agente. Y me vinieron a la mente las actuaciones de la Guardia Civil contra los ciclistas en los años 60. Las leyendas sobre el sargento Colomera y los amantes del pedal. Cómo los primeros Guardias de Tráfico me multaron con cien pesetas, a los catorce años, por no conducir perfectamente arrimado a la derecha, con la BH de mi padre, por una Nacional 340 sin tráfico alguno.    Y en el metro  pensaba en la necesidad, o no,  de sancionar las infracciones  de los ciclistas: las ya citadas, aparcamientos en aceras, conducir en dirección contraria, no respetar las señales de los semáforos, los stop, la preferencia en  cruces… En una ciudad sin infraestructuras, en la que muchos carriles-bici mueren en cualquier acera. Y pensando, pensando… me pasé de parada.

En tráfico, ¿se consigue educación sin sanción? ¿Se puede arrojar al ciclista  al peligro evidente de la calzada? ¿Es coherente multar según  el estado anímico del agente? ¿Habrá que consensuar qué infracciones deben sancionar los polis, de forma habitual, para conseguir hábitos cívicos en los ciclistas? Estamos a muchos kilómetros de Copenhague, de Londres, de Amsterdam… Tratemos de reducir esas distancias.

Publicado en IDEAL de Granada, el domingo 10 de Diciembre de 2017

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